Thursday, June 01, 2006

Todos son policías por Néstor Perlongher

Cuando a uno lo persiguen, corre, corre como una rata asustada, y no sabe lo que hace. Comete, como por ejemplo la imprudencia de pasear por el centro de Mendoza-presuntuosa capital de la provincia argentina del mismo nombre, cercana a la frontera con Chile-un día de semana a la diez de la noche, desafiando los bandos que, pegados en las vitrinas de lo bares, proclaman las delicias reservadas por la administración local a los convictos “prostitución y homosexualismo” (sic): de a diez a treinta días de prisión.
Amigas memoriosas, que evocan apenadas los cines “sólo para hombres” de la década del sesenta, advierte que uno es, en el estado pontificio que Garibaldi olvidó liberar, un verdadero escándalo. Pero, confiado en mi carácter de turista, habituado al despliegue de carros de asalta y patrulleros propio del look represivo porteño, y, sobretodo, harto de recriminaciones, autocensuras, paranoias y castidades, no las escucho lo bastante-recordando que, aún en 1976/77, si bien el giro gay no era demasiado ostentoso, las ahora proscriptas prostitutas, abordaban clientes por las calles, en esa lujuriosa sordidez de las ciudades de frontera.
Empero, ya en 1974 un autodenominado “Comando de Moralidad Pío XXII” sembró el terror entre las rameras nativas, golpeando, secuestrando, torturando y asesinando a varias de ellas, en un confuso episodio que luego se develó como un conflicto de bandas de proxenetas rivales en torno al control de la trata de blancas (¿de qué moral me hablás?).
De todos modos, sin ser ningún edén, hasta hace pocos años el implacable tradicionalismo (es la única provincia del país donde el Partido Coservador ganaba algunas elecciones) y la desolada pacatería (los pocos hombres de pelo largo que aún subsisten están confinados en los suburbios proletarios) parecían suficientes para mantener sosegadas a las atribuladas mariquitas locales, algo propensas a noviar (y hasta a casarse para disimular) con las ilusionadas señoritas.
El pasaje de la represión antigay socialmente difuminada al terrorismo policial descarado no es sólo un producto de la consolidación, a nivel nacional, de la dictadura militar instaurada en 1976 –de su programa de moralización a las patadas. La celebración, en 1980, del “Congreso Mariano” –una obscena ceremonia católica en la que se vivó al presidente Videla-, fue una excelente excusa para la aplicación masiva de un nuevo Código de Faltas-que, sancionado en 1979, pena explícitamente el “homosexualismo”, figura jurídica hasta entonces desconocida en la legislación provincial.
El empeño en ofrecer a los peregrinos una ciudad digna de Dios no sólo se cebó con quienes, a la salida de la iglesia, permanecían sospechosamente desgranando el rosario en las plazas. Un grupo de homosexuales incorregibles, recogidos en una redada, fue abandonado en medio de la ruta, en la frontera con la provincia de San Luis, imitando el método utilizado en 1977 por el General Bussi (uno de los hombres fuertes del régimen y quizá próximo presidente) para limpiar de locos y mendigos la castigada ciudad de Tucumán.
Pero uno es obstinado, se empecina en la creencia de su propia inocencia y presume que nada de malo hay en andar por la calle, tomando la precaución de aparentar cierto decoro –nada de plumas, ni de strass, ni siquiera una línea de rimel en los párpados.
Craso error: me desplazaba sigilosamente por esas avenidas arboladas, cuando dos jovencitos me interceptan, diciendo que me conocían “de algún lado” –clásica técnica de levante-; algo malicié, quizá porque eran demasiado torpes para esos comprometidos preámbulos, de modo que negué resueltamente conocerlos, y seguí, ya intranquilo, mi paseo, que empezaba a parecerse a una huída… frustrada. A las dos cuadras, uno de ellos –que no pasaba de los 22 años, no estaba del todo mal, pero tenía esa lividez de lagarto que dan los calabozos- aparece corriendo atrás mío e insiste en entablar una charla: yo le digo que no, que estoy muy apurado, que mejor lo dejemos para otro día… Entonces blande una credencial donde se lee “Empleado de Policía” (sin ninguna foto ni ningún nombre), y sugiere que lo acompañe hasta una esquina menos transitada, “para hablar de un trabajito”. Cabían dos posibilidades: quería o plata o información; en un acceso de dignidad, opté por la tercera: armé un escándalo a los gritos, clamando que era un atropello, algo absolutamente irregular, que solamente podía detenerme la policía uniformada –lo cual es, al menos teóricamente, cierto. La gente empezó a juntarse, atraída por mis alaridos. El tipo –en mi delirio, yo sostenía que él no era policía- le mostró la credencial a los mozos de un bar, para que atestiguaran que él sí era policía; pero éstos, para su bochorno, no abrieron la boca (¡). Ya envalentonado, trataba de zafarme, cuando surgieron otros dos cómplices – esgrimiendo idénticas credenciales-y me llevaron a la rastra. Para oficializar el procedimiento, detuvieron, en el acto, a dos mujeres que estaban tomando Coca Cola en la vereda –una de ellas tenía 16 años-, acusándolas de putas, a un cincuentón larvado, padre de familia, en quien creyeron descubrir los inequívocos signos de la sodomía, y a un irreprochable muchachito “por estar mirando” (sic).La Brigada de Investigaciones (policía de civil) acababa de consumar una pequeña razzia.
Una vez en el Departamento Central de Policía, las cosas se pusieron espesas: tras los insultos de práctica, el propio Jefe de Investigaciones –un rubio con aire de SS- me trompeó “para que aprenda a respetar a la policía de Mendoza”; y el mismo jovenzuelo que me había detenido me arrastró a los golpes por todo el edificio. Desde una oficina, propuso por teléfono a un colega “conseguir a un pendejo pierna” que me acusara de intento de corrupción”: disponen para ello, de pandillas de adolescentes lúmpenes dedicados a seducir veteranos pederastas para, luego, denunciarlos –no sin antes penetrarlos puntualmente. Pero no accedí a tan tortuosos goces: gracias a no haber sido nunca antes apresado en esa provincia, pasé apenas 24 horas recluido en un calabozo, bajo el eufemismo de “averiguación de antecedentes” –abusivo expediente que permite a la policía argentina detener a cualquier persona hasta 72 horas sin ningún tipo de acusación.
Lo narrado –lamentablemente verídico- no es un hecho aislado. Para limpiar a Mendoza (y el país entero), los esbirros del Estado se valieron de estos ominosos recursos. El nazi que dirige la Brigada de Investigaciones es famoso por los castigos físicos que inflige a los detenidos. A la mariquita mendocina que ni haya padecido sus caricias, las demás apenas si la saludan: le falta el brocha para el carnet de mártir. Un homosexual fue condenado por “corrupción” –de 3 a 8 años de prisión por acostarse con menores de 21 años-; una vez que recuperó la “libertad”, era sistemáticamente arrestado, hasta a la salida de misa. Sus perseguidores le advirtieron que no lo dejarían en paz hasta que abandonara la provincia. La razón: “No queremos putos en Mendoza”.
Pero la serpiente del deseo, enroscada en el mismo seno del cubil policial, da por el traste con tan higiénicos propósitos. En febrero pasado, diecinueve oficiales, sorprendidos en plena orgía homosexual en una mansión de las afueras, fueron arrestados y separados de sus cargos, tras una investigación ordenada directamente desde Buenos Aires. Así se entiende mejor la habilidad de los vigilantes mendocinos para detectar homosexuales: las voluptuosidades de la perversión no les son en modo alguno ajenas.
Cuando visité Mendoza en 1980, volví con una sensación desagradable: todos los tipos –con sus cabellos supercortos, sus discretísimos atuendos, su manía de reunirse en grandes grupos en algunas esquinas mirando con disimulado deseo a la no menos disimulada mariquita que, a veces, tiene la extrema audacia de pasar, pero sin atreverse, por nada del mundo, a encararla –parecían policías. Al regreso de mi última, turbulenta gira, en el verano del ´81, las cosas estaban más claras: todos eran, efectivamente, policías.



* Publicado en la revista Parte de Guerra, año II,núm. 8, noviembre-diciembre 1999, Bs. As., dentro de un dossier homenaje a Perlogher. El artículo, hasta entonces inédito, lleva la firma del seudónimo Victor Bosch y es parte de una serie de documentos que Perlongher redactaba y hacía circular en fotocopias, a modo de informes sobre la represión en distintos sitios del país e incluye hasta un “Informe chileno”.

1 Comments:

Anonymous Gigi said...

Si. Doña perlongher tiene para decir.
Podrían llamarse a si mismos vanguardia maricotas???
Queer suena demasiado bien ¿no?, asi funcionan los anglisismos, tapan, tapan.

Felicitaciones.
Buena iniciativa.

7:22 AM  

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