Thursday, June 01, 2006

Cuerpos, sexualidades y género: del esencialismo a las configuraciones queer por Mariela Mercado, Belén Oller y Mario Vargas

Para poder hablar del movimiento queer actual en la Argentina, primero es necesario indagar cómo comienza a gestarse la historia de los homosexuales en el país. Sin embargo, cuando queremos hablar de ella vemos que no está escrita, ni tampoco es lineal o estructurada; ya que, como sabemos, la historia está escrita por vencedores, quienes al crearla también se encargaron de silenciar todas aquellas voces que trataron de subvertir la norma heterosexista que rige el corpus social.
Tenemos que tomar esas iluminaciones, esos destellos que desde el pasado nos avisan que la historia no está completa, para, a partir de allí, comenzar a armarla, a desentrañarla, a crearla.
Es curioso ver que los hechos que relatan historias homosexuales y que trascienden, lo hacen por la severidad de los castigos propiciados a los participantes de tales actos.
Nuevos descubrimientos registran que en la cultura precolombina se hablaba de homosexuales, incluso cumpliendo roles societales importantes: señoritos que eran llevados a las guerras para el esparcimiento de las tropas; y, en las ruinas de Machu Pichu, se encontraron restos de dos varones juntos sin ninguna atribución femenina. Sin embargo, no todo era “color de rosa”: las tribus más avanzadas a nivel organización castigaban la homosexualidad, hasta con igual saña que los europeos.
Los españoles que sorprendían a los indígenas en actos de sodomía en los tiempos de la colonia los arrojaban a los perros salvajes para que fueran devorados, y luego quemaban sus restos y tiraban sus cenizas al viento porque no merecían cristiana sepultura.
El virrey Vertiz ordenaba por 1770, que los homosexuales fueran confinados a las Islas Malvinas. ¡Qué ironía! Este territorio, que después se convertirá en uno de los símbolos de soberanía nacional, representó al primer centro de reclusión donde el país envió a sus “indeseables”. Por otro lado, el mismo virrey dispuso tapar los baldíos y huecos de la ciudad bajo el pretexto de que servían de abrigo para que se cometan “maldades”.
A partir de la disolución del tribunal del Santo Oficio por el gobierno revolucionario de 1813, la homosexualidad entrará en las sombras hasta ya entrado el siglo XX. Esto se debe a que al seguirse el código napoleónico, en el que la homosexualidad no era un crimen punible, no se hablaba de “eso”.
En la época de Rosas, las palabras “sodomita” y “maricón” fueron utilizadas en tono despectivo en los enfrentamientos entre unitarios y federales. Por otro lado, la homosexualidad reprimida afloraba en el carnaval y no sólo en los barrios negros; en consecuencia, en 1836, el mismo Rosas estableció las reglas del juego prohibiendo “el vestirse con traje que no corresponda al sexo” (palabras similares a las del actual artículo 80 que utiliza la policía mendocina para despejar las blonduras travestis de sus limpias y pulcras veredas).
Sobre el lesbianismo se puede saber mucho menos. Trascendieron, por ejemplo, los amores de Manuelita Rosas y Dolores Fuentes, la primera opinaba que sus tíos eran inhumanos porque le arrancaban a una amiga “que es como si fuera su esposa”.
La política de Rosas fue prácticamente antisexual: no olvidemos el famoso caso de Camila O´Gorman y el cura Gutiérrez a quienes mandan a fusilar, aconsejados por Dalmacio Vélez Sarfield, el creador de nuestro Código Civil.
Con la llegada del siglo XX, la vida en Baires dejó de ser la de un pueblo para convertirse en la de una urbe mucho más anónima. La ciudad se volvió más impersonal y extraña, no sólo por la gran ola inmigratoria que comienza en 1880, sino también por el éxodo rural que atrajo a los campesinos para adecuarlos al nuevo modo de producción naciente. A medida que la ciudad crecía a nivel poblacional, se comienza a desarrollar el juego, la prostitución, las drogas, lo que luego se conocería como “la mala vida”.
Las clases poseedoras necesitaban controlar a esta ciudad en constante crecimiento, por lo tanto había que justificar el ingreso del poder militar sobre la sociedad civil. Así, de una mezcla del saber médico y el poder policial surgirá la criminología, pseudociencia influenciada por la escuela italiana de Lombroso, italiano que creía haber encontrado características fisiológicas comunes en todos los criminales, los delincuentes, en fin... en toda la lacra social.
De más está decir que la homosexualidad era un elemento más de la mala vida. Eusebio Gómez definía la homosexualidad con estas palabras: “no sólo buscan satisfacer las imposiciones de su naturaleza sino muy especialmente la obtención de un lucro (...), su carácter es caprichoso, son envidiosos, ruines en su proceder, vengativos y con rencor ilimitado”. Por otra parte, Tarnowski decía “reúnen todos los defectos de las mujeres sin tener ninguna de sus cualidades, careciendo también de las condiciones que hacen amable el carácter viril. Cobardes, inútiles, embusteros, chismosos e intrigantes, viven desacreditándose entre ellos. Son holgazanes y es raro el que desempeña una ocupación honesta.” Vemos aquí cómo en una sociedad machista los homosexuales son etiquetados y segregados por tener la debilidad de la mujer, convirtiéndose en un caricatura estereotipada de ella, por tanto devienen ciudadanos de segunda.
Como el comportamiento homosexual es universal y se da en todas las clases y grupos sociales, nuestros cientistas sociales se vieron en problemas a la hora de explicar por qué esto podía ser posible. La explicación degeneracionista de la desviación sexual no podía dar respuestas a la homosexualidad de las clases patricias: no se podía hablar de “mala sangre”. Así, se llegó a una doble explicación: los homosexuales de las clases populares era “natos” o congénitos, y los de las clases altas eran inducidos, es decir, contagiados por la actitud perversa de los sectores pobres. Argumentaban que los jóvenes criados o peones de estancia iniciaban en el terreno de la homosexualidad a los “señoritos bien” de clase alta.
A continuación, nos gustaría señalar y ahondar en la profunda relación entre homosexualidad y ejército, una de las instituciones más homofóbicas de la sociedad. La discordia comienza en 1905 cuando se descubre la homosexualidad de un centenar de miembros del ejército alemán, en el momento en que los alemanes asesoraban a las escuelas militares del país y muchos argentinos estudiaban en Alemania. Al año siguiente, en las tropas argentinas, un mayor mata a un capitán que lo había acusado de homosexual.
En 1930, el golpe de Uriburu planteó una campaña moralizadora que pretendió terminar con la “vida alegre” de la noche porteña; como el tiempo no lo ayudó, terminó su gobierno sin poder lograr tal fin. Luego vendría el gobierno de Justo, que trataba de atraer a la iglesia por medio de sus acciones. Así, el 15 de junio de 1932 se crea el primer edicto policial que castigaba “a los sujetos con fama de pervertidos por encontrarse en compañía de un menor”. A partir de aquí, la iglesia empezó a tener más poder en la regulación de la vida cotidiana de los sujetos.
Quizás, la gota que colmó el vaso fue famoso escándalo (que es, según Perlongher, el que nos adelanta el Porno Shop actual) de los cadetes de la Escuela Nacional de Guerra. Acaudalados jóvenes que estudiaban en ese establecimiento fueron descubiertos en reuniones “descontroladas” en la casa de un fotógrafo, donde también se encontraron fotos de cadetitos con la gorra como única vestimenta, y en poses muy provocativas.
La prensa y la policía hablaron de una secta secreta destinada a corromper a los miembros de una de las más prestigiosas instituciones. Resultado: 10 cadetes expulsados, 6 dados de baja y 2 destituidos. El joven fotógrafo fue el chivo expiatorio de todo esto, condenado a 12 años de prisión.
Este escándalo trajo importantes connotaciones políticas: el golpe militar del ´43 vino a realizar un saneamiento moral a esta oligarquía corrompida. La revista Ahora, que después será un órgano difusor del peronismo, levantó esta razón. Con la llegada de Ramírez se desata el escándalo. Miguel de Molina, el español, es acusado de homosexualidad y en medio de una gira es encarcelado en Devoto. Fue liberado por intervención de la embajada, y se le aplicó la Ley de Residencia, que se usaba para deportar obreros combativos, comunistas y anarquistas, a principios de siglo.
El peronismo, luego se apoyará básicamente en tres instituciones: la iglesia, el ejército y la policía, que como sabemos son netamente homofóbicas.
Uno de los pretextos del golpe del G.O.U. del ´43 fue combatir la inmoralidad imperante, que había salido a la luz con el escándalo de los cadetes. En 1944, el reglamento Interno de las F.F.A.A. ubica a la homosexualidad como una falta grave, que puede causar la expulsión y la prisión. Pero con el peronismo (1952), el reglamento es modificado, condenando no sólo el acto sino también el “ser” homosexual.
Posteriormente la política sexual de Perón estará determinada por sus histeriqueos con la Iglesia. En sus tiempos felices se volvía moralizador y hasta implantó la enseñanza religiosa en los colegios, defendiendo la familia tradicional y excluyendo todo tipo de relación sexual que no tuviera por objetivo la procreación. En sus tiempos de crisis, acusaba a la propia iglesia de fomentar con sus ocurrencias, estos actos de inmoralidad.
El Reglamento de Procedimientos Contravencionales, fue usado por la policía peronista para castigar los actos no penados por la ley. En este período, aquí se hace famoso el uso del artículo 2º, que castigaba el “incitar y ofrecerse públicamente al acto carnal”, aplicado siempre para tormento de las locas de la época.
Los gays fueron doblemente víctimas de la política de Perón con la iglesia: si había armonía, se los perseguía para conformar la moral clerical; por el contrario, si había discordia, se trataba de mostrar esa moral clerical como una de las causantes de la corrupción y la homosexualidad.
Bajo el gobierno de Aramburu, la Corte Suprema declara la inconstitucionalidad del reglamento de procedimientos contravencionales; aunque después Frondizi lo deja sin efecto, como un gesto de amistad con la Iglesia.
Y es aquí donde aparecerá una de la figuras más importantes de la represión sexual: el comisario Luis Margaride, o como de decían cariñosamente sus víctimas: la tía Margarita. Hombre de la Iglesia que, con cargos de muchísima influencia, estuvo al mando de Moralidad desde el gobierno de Frondizi hasta el tercer gobierno de Perón. La Tía planificaba y ejecutaba con mucha prolijidad la persecución y el exterminio de todos los sujetos que no se adecuaran a la sagrada norma: la heterosexista, monogámica y reproductiva. Con Onganía encontrará un hombre afín a su ideología. Juntos realizarán los dos grandes operativos que sacuden la ya turbulenta vida de las mariquitas porteñas: el operativo de los subtes (donde se cerraron todas las bocas de salida, se detuvo a un centenar de personas acusadas de sospechosas, y un gran número es marcada con el temido 2*H), y el operativo cines (en el que irrumpieron simultáneamente en 3 cines usados para los furtivos encuentros de las locas). En 1973, la vuelta de Perón se realiza de la mano de la tía Margarita, quien tijera en mano, desgarraba los pantalones demasiado ajustados, rapaba las cabezas y arrancaba los tacos demasiado altos.
La prensa de derecha, con la revista El Caudillo a la cabeza, asimilaba la homosexualidad a la subversión internacional que, sin Dios ni Patria, quería teñir de rojo a este correcto país.
En los oscuros años que pronto llegarían con el golpe de 1976 la represión alcanzó los picos más altos de la historia. Los miliquitos después de jugar a la guerra y desaparecer a 30.000 compatriotas, tenían que seguir alimentando el aparato burocrático que ellos mismos habían armado. Una vez eliminada la generación crítica, las comisarías se llenaron principalmente de locas, quienes con su andrógino caminar demolían el ordenado mundo binario del argentino bienpensante.
De todas maneras hay que tener en cuenta que desde la revuelta de Stonewall de 1969, distintos grupos a lo ancho del globo comenzaban a reunirse y a actuar públicamente en defensa de los derechos de las minorías sexuales. En EE.UU. estos grupos planteaban como estrategia política, actuar como una minoría, para desde allí comenzar a exigir derechos. Hay que señalar que este país tiene tradición en este tipo de actuaciones, por ejemplo anteriores a los grupos de minorías sexuales estuvieron el movimiento pacifista y el movimiento negro.
En Argentina la estrategia fue otra: establecer una alianza con la izquierda. Diálogo de sordos, como lo define Flavio Rapisardi, la izquierda tan cercana al modelo de “hombre nuevo” que brindaba el Che Guevara, lejos estaba de resignar un espacio para esta nueva política rosa, esta nueva política del deseo.
En agosto de 1971 se funda el primer organismo en la defensa de los derechos de las minorías sexuales en el país: el Frente de Liberación Homosexual, con distintos grupos: Nuestro Mundo (con tendencia sindicalista), Eros (con jóvenes universitarios influenciados por el Mayo Francés), Bandera Negra (grupo anarquista), Safo (grupo lésbico) y Emmanuel (un grupo cristiano).
En una época politizada el grupo en principio empezó a discutir la necesidad de una estructura directiva para funcionar. Los que venían de los partidos de izquierda opinaban que sí, mientras los más anarquistas decían que las estructuras traían burocratismo, verticalismo y autoritarismo, propios de la sociedad patriarcal que se combatía.
Se discutía sobre las “clases sexuales” que para algunos eran relativamente autónomas a las clases sociales ya que si un obrero (sin desconocer su papel en la estructura productiva) era un oprimido, igualmente a su vez podía ser opresor (con respecto a los homosexuales y a las mujeres, básicamente). Esta discusión se da a partir de los desastres ocurridos en la U.R.S.S. estalinizada, con su psiquiatría soviética victoriana, y a partir de los campos de concentración de Cuba, o como Fidel los llamó: las UMAPs.
El grupo trató de oponerse principalmente a los edictos policiales que coartaban las libertades individuales y no los dejaban gozar de sus plenos derechos. Intentaron aliarse a la izquierda del momento, pero esta alianza fue siempre frágil, fugaz y endeble; recordemos algunas de las experiencias:
· el P.S.T. de Nahuel Moreno, con tendencia trotskista, trataba de imitar al Social Work Party norteamericano, el cual tenía una alianza con el Gay Power; pero, mientras éste lo hacía públicamente, Moreno creía que las condiciones no estaban dadas en el país para ese tipo de alianzas y optó por una salida de compromiso: el partido prestaba un cuarto de su local para que pueda reunirse el F.L.H. Pero como nadie tenía que enterarse de la existencia de tan profana amistad, la habitación estaba vedada al resto de los militantes, y en la puerta había un cartel que decía Prohibido pasar.
· En el ´73 viene la afiebrada Juventud Peronista y el F.L.H. se deja arrastrar por la locura colectiva, olvidando que había sido el propio Perón el autor de los edictos policiales que los oprimían. El F.L.H. aparece con sus banderas en lo que después será la masacre de Ezeiza; y el Gral. Osinde, responsable de la represión, acusará a la JP y a Montoneros de “homosexuales y drogadictos” a lo que contestarán en la próxima manifestación con el canto “no somos putos, no somos faloperos, somos soldados de Evita y Montoneros”. Según Silvina Walger los Montoneros ejecutaron a dos compañeros homosexuales por considerar que todos los homosexuales eran “apretables”.
· Por su parte, el E.R.P. denunció con horror que sus militantes eran recluidos en las mismas celdas que los homosexuales, esto inspiró a Manuel Puig para escribir su libro El beso de la mujer araña.
Más cómoda, fue la relación que tenían con las organizaciones feministas: la U.F.A. y el M.L.F., con quien se realizaron varias actividades conjuntas.
En 1976, el FLH opta por disolverse por varias causas: el aumento de la represión que se veía venir, las diferencias internas del mismo grupo y la falta de aliados para imponer una “política del deseo”. La dictadura silenciará toda palabra que tuviera como objetivo un cambio, un mundo mejor; así, las organizaciones por los derechos de las minorías no saldrán a la luz hasta la llegada de la democracia.
Ya en 1983, grupos gays dispersos deciden unirse bajo el lema “el libre ejercicio de la sexualidad es un derecho humano” conformando la C.H.A. (Comunidad Homosexual Argentina). Ellos siguen utilizando como práctica y como modo de autoidentificación la noción de “identidad minoritaria”, en su boletín Vamos a andar escriben “...tenemos una respuesta a la marginación: la identidad de minoría.”
A fines de los ´80 y principios de los ´90, se produce en muchos países una creciente politización de los grupos más marginados del movimiento gay. Voces que habían sido silenciadas, como la de los negros, chicanos, jóvenes, seropositivos, etc.; en fin, aquellos no invitados a la fiesta de la aceptación por parte del Estado, toman la palabra y realizan una crítica que se conoció como la crítica al solipsismo blanco de clase media. La pregunta que se formularon fue básicamente ¿quiénes son específicamente los gays y las lesbianas que dicen representar a toda la comunidad? ¿Ellos, que hablan de nuestra identidad, realmente nos representan? Aquí se empieza a poner en crisis la noción misma de identidad.
En la Argentina entra en crisis la representatividad de la C.H.A y comienzan a formarse nuevos grupos con características más específicas que la orientación sexual, por ejemplo la edad, las profesiones, las clases, el género. Proliferan nuevos grupos en todo el país: travestis, seropositivos, lesbianas, etc. que comienzan a aparecer en los medios de comunicación de manera autónoma. Es muy importante señalar que en un principio la marcha del orgullo se llamó Marcha del Orgullo Gay y Lésbico, y hoy se la denomina como Marcha del Orgullo Gay, Lésbico, Travesti, Transexual, Bisexual e Intersex. Este cambio de nombre refleja la entrada en escena de nuevos actores dentro de la comunidad.
Los estudios gays tradicionales se basaban principalmente en dos teorías afirmativas predominantes en base a la cuestión de la homosexualidad: la corriente esencialista y la constructivista. La primera sostiene que la noción de identidad es ahistórica e invariable. La segunda, relativiza una única cultura gay-lésbica afirmando que es el contexto sociohistórico el que determina la identidad; pero, aunque critican el hablar de una “escencia gay”, también dicen que puede fortalecerse la identidad gay anexando nuevos elementos.
Estos estudios son criticados por los nuevos estudios Queer, cuya teoría (la queer) nace como una rama de los estudios culturales y representa un marco multidisciplinario de trabajo. La consigna de los queer es Aquí estamos, acostúmbrense y a mediados de los ´90 comienzan a actuar públicamente.
Uno de los principales problemas que tiene que enfrentar el movimiento Queer en su conformación es aquél que tiene que ver con las cuestiones de identidad y género.
Respecto a la identidad la pregunta es ¿existe una esencia ahistórica e inamovible que determine la identidad de las personas? Responden que “identidad” es un concepto construido históricamente, de raíces culturales identificables y que responde a valores políticos y sociales de un momento determinado. Por otra parte, opinan que las identidades son múltiples y se componen de infinitos elementos; por ejemplo, uno no sólo es gay también es latino, pobre, de izquierda, joven, o lo que fuera. Por lo tanto, toda identidad es una construcción arbitraria, inestable y excluyente.
Discursivamente todo ser implica un no-ser; es decir que si soy negro es porque no soy blanco, si soy mujer es porque no soy hombre, si soy obrero es porque no soy patrón, etc. Es por estas exclusiones que las identidades son siempre resultado de relaciones de poder. Aquí puede notarse que también el lenguaje ejerce sobre nuestros cuerpos y mentes un poder material, por esto Monique Witting define como “mente hétero” al pensamiento basado en la dominación. En el caso de la identidad sexual esta se presenta como contingente, cambiante y que se fabrica dentro del discurso en un ámbito igualmente discursivo.
La segunda de las cuestiones, el género, se introduce como categoría primero en el terreno feminista para poner en cuestión la idea de lo “natural”: la diferenciación entre sexo y género puso en jaque a la fórmula biología es destino, que ataba a las mujeres a un conjunto de atributos y mecanismos de subordinación legitimados mediante la fuerza de un discurso naturalizante. A partir de allí, será la simbolización cultural y no la biología la que establezca las prescripciones relativas a lo que es propio de cada sexo. Se piensa en el género como un complejo mecanismo que define el sujeto mujer u hombre como femenino o masculino en un proceso de normalización y regulación orientado a producir el ser humano esperado.
Ahora, esta nueva noción de género cuando reconoce al sexo como algo pre-discursivo ¿no se inscribe en el mismo régimen de discurso al que pretende contestar? Para Judith Butler el género se revela como un mito, es decir, parece ser atemporal en la medida en que es instituido, mediante la repetición estilizada de actos, como una identidad constituida. Es el efecto que el género produce en los diferentes tipos de gestos, actos y movimientos lo que constituye este mito del género constante. Se instaura así una concepción de género como temporalidad socialmente constituida. Se muestra que la esencia del género es una mera apariencia de sustancias, una realización performativa: es en la medida en que género es algo que llega a creerse (es decir cómo creo que se comportan los hombres, las mujeres, los gays, las lesbianas) y a partir de era creencia, actuamos. El género se muestra así como algo creado, esto implica la idea de que lo esencial de la verdadera masculinidad o feminidad se construye. Se desprende así que el género se constituye como una estrategia que oculta el carácter performativo del género, y es de esta manera en que el género no puede estar fuera de los marcos de dominación masculina y heterosexualidad obligatoria.
En definitiva, la crítica Queer se opone a las anteriores teorías afirmativas, argumentando que éstas dan lugar a binarismos de sexo y de género (varón/mujer, femenino/masculino) que refuerzan las operaciones de dominación y exclusión. Es decir, que el mismo lenguaje que se utilizamos para hablarnos y para pensarnos a nosotros mismos, responde a las matrices heterosexistas que justifican y perpetúan la violencia y la discriminación. En fin, la tiranía del género es casi prácticamente invisible, hay que aprender a verla en acción para entenderla y ponerle fin.
Para finalizar queremos decir que este movimiento Queer apunta a denunciar y evitar la naturalización de las prácticas y los discursos de los sujetos/as, es decir que luchamos por derribar el orden establecido.
Porque QUEER es una expresión que desea que uno no tenga que presentar una tarjeta de identidad antes de ingresar a una reunión. Ser Queer no significa ser gay, lesbiana ni heterosexual. Es un argumento en contra de la especificidad de las maneras de ser y del deseo, es un argumento en contra de cierta normativa, el de la adecuada identidad.


ESTÁN TODOS INVITADOS A UNIRSE A NOSOTROS PARA DEMOLER LA NORMALIDAD.

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